Los caminos de la vida

LA IDA

Los caminos son de ida y vuelta, así la vida. Nos da y nos quita, nos ofrece y nos pide… A veces vamos mientras otros ya vienen de regreso.
El camino a Loreto es pintoresco por no decir sorprendente, arriesgado, antiguo o sinuoso – cualquiera de los términos anteriores lo describe a la perfección.
Desde Los Cabos hay que llegar primero a La Paz, pasando obviamente por Migriño, Elías Calles, Pescadero, Todos Santos y San Pedro. Luego hay que llegar al Valle, y en el camino te encuentras Chametla, el Centenario, La Ardilla, la fitosanitaria, las Antenas, los muchos restaurantes entre el kilómetro 70 y el 99, sigue el 100, Pénjamo, Los Dolores, Santa Rita, Villa Morelos y de ahí Ciudad Constitución, la Longoria, Palo Bola y Ciudad Insurgentes.
Ahí, en los brazos de la Y griega, escoges el derecho que te llevará a Loreto por la carretera pavimentada, la Transpeninsular. Pasar los ejidos, el puente Querétaro y sentir que subes las costillas de la sierra mientras ves como las montañas marcan el horizonte a la derecha y los taludes a la izquierda. Si no te das cuenta pierdes la entrada a San Cosme y Agua Verde, adelante el recuerdo mortuorio de un accidente fatal en muchos sentidos. Llegas a Ligüi, Ensenada Blanca, el Juncalito, Miramar, Puerto Escondido y después de la entrada a San Javier y el arroyo de San Telmo, está esperando la capital de las Californias y las almejas, en escabeche o tatemadas.
Dependiendo del auto, la velocidad, el hambre y la sed o la pericia del conductor y la plática del acompañante, el viaje hasta allá desde acá dura de 5 a 7 horas, regularmente.
Pero regresemos a ese entronque que te perdiste por mirar las mesetas verdes, las cuevas en la cima, los derramaderos de rocas o los cuervos y las auras, volvamos a la entrada a las agrestes playas de San Cosme, Agua Verde y las que no tienen nombre, a la cuesta empinada a 30 ° y a los paisajes prehistóricos que impiden llegar a la señal de celular.
En ese lugar, en la T, hay una construcción. Un salón, una cocina, par de baños y varias habitaciones cercadas por malla ciclónica, piso aplanado y limpio. Por función, un restaurante y la morada de quienes atienden; por nombre, “El Parguito”.


Con frecuencia he llegado ahí, en solitario, con amigos, colegas o familia, a “tomar café”, a comer algo para aguantar el viaje, a veces sólo para despertar o quitarse la modorra. Es una parada obligada, un ritual – de los muchos que realizo. Nunca me han decepcionado, a veces bueno, a veces mejor pero siempre lo que espero.
Hasta hoy, que en nuestro viaje de trabajo a Ángel y al que escribe, se nos ocurrió llegar por algo que permitiera aguantar el hambre antes de Loreto, donde nos esperaba otro amigo.
Estaban a punto de cerrar, serían casi las 8 de la noche y mientras descendíamos del auto una voz masculina nos preguntó si pensábamos entrar “sino para cerrar”. Ante tal invitación apuramos el paso y preguntamos el menú, la hospitalidad del ranchero sudcaliforniano es algo que no debe desairarse pero su intimidad, ante todo, respetarse y permitirles dormir cuando les da sueño pues su jornada no tiene reloj checador ni 8 horas reglamentarias.
No había mucho, burritos de machaca y café, lo suficiente. Mientras regresaba al auto por algo con que taparnos del frío, el anfitrión relató a Ángel que él era pescador, no cocinero ni mesero, pero que por un accidente en la pesca hacía 4 meses tuvo que aceptar la propuesta de atender el restaurante con su esposa… y pues por eso estaban ahí, a esa hora.
Una mantarraya de casi 100 kg de peso había clavado su espina dentada, como cuchillo de Rambo, en la pantorrilla izquierda y permaneció ahí hasta que llegaron a playa – 4 horas después. Cirugía, desinfección, curaciones, reposo y cuidados le han permitido caminar nuevamente. Un milagro y esfuerzo constante tienen vivo a Jorge Luis, atendiendo a los viajeros y contando esa y otras historias, mientras Santa – su esposa – haciendo honor al nombre sirve los cafés y enrolla los burritos.
Si hubiera una denominación de origen, muy probablemente, esta cena llevaría tal certificación. La salsa no picaba, la tortilla hecha a mano – gorda – y la carne fibrosa, con sabor a leña y la cantidad de verdura necesaria para resaltar la identidad del platillo. El café, colado y cabal. Simplemente, café de talega.
No quisimos nada más, prometieron pan de horno rústico a la vuelta y empanadas de frijol dulce. Apartamos un par de cada uno, era miércoles y regresaríamos el viernes, sábado a más tardar.
El año pasado habíamos pasado más temprano por ahí y aprovechamos la luz para preguntar en Ligüí por la “mujer de blanco”, protagonista de una leyenda con muchas variantes. Dama vengativa y vengadora, espectro, ilusión, fantasía y “ponteatento” de choferes que bajan o suben la cuesta del mismo nombre, Ligüí. En el poblado, en aquella ocasión, conocimos a la matriarca más longeva de esa comunidad quien nos contó lo que sabía, pero su edad no le permitió recordar con precisión más detalles.
En esta ocasión, para no dejar y para aprovechar que Jorge y Santa se habían sentado a nuestra mesa, y que se había sumado a la tertulia Salvador, un guerrerense que llegó a Los Cabos hace 15 años y que ahora es chef para el turista que llega a esas costas, volvimos a preguntar sobre el tema y nos llenaron de historias de la alba doncella y de otros aparecidos, de entierros, nahuales, caballos negros, toros malévolos y otros personajes que me habrían matado de espanto en la infancia temerosa.
En algún momento de la cena, preguntaron quienes éramos y a que nos dedicábamos. Nos presentamos y presentamos nuestras “credenciales”. Al saber que trabajo en escuelas me comentaron sobre el caso de su hija mayor, la que estudia Arquitectura en el Tecnológico de Ciudad Constitución, la que batalla para hacer tareas pues no tiene computadora, la que trabaja para completar lo que sus padres le dan para mantenerse y pagar colegiaturas pues además estudia la nivelación pedagógica. Se llama Anahí y cursa el 6° semestre en el turno matutino. Inmediatamente pensé en mis conocidos del Tec o en mis amigos que viven en Constitución, tal vez ellos podrían apoyarla con algo. Me quedó la tarea y la preocupación pues mientras muchos de mis alumnos buscan en que gastar su dinero, en otros lugares se esfuerzan para reunir centavos para completar pesos.
Eran casi las 10 y sin teléfono para cancelar la cita en Loreto, salimos lijando pues no queríamos llegar a Mulegé, nuestro destino, después de medianoche… no por miedo, por prudencia.
Nos quedaba Ligüí y muchas curvas, cuestas, barrancos y llanos más, ganado suelto, trailers de ida o de regreso, y conductores imprudentes que rebasan en curva.

LA PAUSA

Llegamos a Mulegé a tiempo, aÚn no cerraban el pequeño hotel de los Aguiar donde nos hospedarían. A Loreto no, era muy tarde. Pero el camino desde “El Parguito” fue maravilloso, musicalmente hablando, Ángel y yo discutimos la fama de Queen, la importancia de Los Beatles, la diferencia entre el hippie de San Francisco y el de otras partes de EEUU, la invasión británica, los jipitecas (Hippies aztecas, o sea mexicanos), los 80´s y los 90´s. Y ya, no nos alcanzó la carretera para seguir discutiendo forma y fondo de la música de nuestros tiempos, pero con la viada que traíamos hubiéramos llegado hasta Caborca, de no ser por la brecha de Chapalita y por las citas – motivos reales del viaje.
A Mulegé íbamos a hacer entrevistas e investigación de campo, a Loreto y Comondú también. La meta es reunir información en los 5 municipios sobre aspectos de turismo, pesca deportiva, política y otros temas igual de fundamentales para nuestro estado.
La noche fue fría y la madrugada más.
El despertar demandó café fuerte, caliente pero recién hecho. Una chimenea al centro del comedor del hotel hacía que las sillas se colocaran como el dicho: ni tanto que no lo alumbre ni tanto que queme al santo. Abrigo, bufanda y sombrero trataban de alejar esos 5 °C de un cuerpo acostumbrado al calor paceño o cabeño.
Quien no se inmutaba por la mañana fresca e invernal era Steve, un estadounidense bonachón que conocimos el año pasado, en el mismo lugar y en las mismas fechas. Me invitó a sentarme más cerca del hogar donde crepitaban tres leños, supongo vio mi rostro aterido y azul. Él con un suéter verde, ligero, también bebía café, Iniciamos la charla en español, pero pronto cambió a inglés pues, aunque viene con frecuencia, aun no domina los vericuetos del castellano.
Steve colabora con una ONG que apoya a personas que requieren sillas de ruedas, y en general, a niños y jóvenes con necesidades especiales. Este nativo de Oregon prefiere la provincia a las grandes ciudades, su origen rural lo pone más cómodo en ranchos y comunidades en la sierra, el llano o la playa. Y hasta allá, donde lo necesiten, lleva el apoyo que puede reunir, con sus medios o como intermediario de otros donadores.
Y mientras hablábamos del frio, del fuego, de las sillas de ruedas, mencioné a Anahí y sus necesidades. Le comenté que sus padres trabajaban muy duro y que ni así lograban proporcionarle lo que necesitaba la joven para estudiar y vivir decorosamente, que necesitaba una beca, un apoyo, una computadora o una palabra de apoyo, una oración.

  • ¿A computer? Mmmmm. A laptop is ok?
  • Si, lo que sea. Necesita una computadora que le permita realizar tareas, diseños, planos y otras tareas.
  • Ok, wait here… I have something in my room, it could be useful.
    Esperé unos minutos, retrataba mi mano sosteniendo el café mientras el fuego calentaba mi extremidad. Una composición afortunada, tonos rojizos y oscuros dieron un sentido antiguo a una instantánea virtual.
    Steve regresó con una computadora portátil negra, grande, más grande que la mía… de esas que valen el doble que la que yo uso para trabajar.
  • Take it. I brought this for a girl in Rosalia but I didn´t find her. It is for your fríend, I guess.
    Agradecí a nombre de ella. Sin sorpresa, estoy acostumbrado a estas muestras de apoyo sin razón aparente más que el puro y sincero deseo de ayudar. Así he recibido libros, muletas, otras computadoras, calculadoras, despensas, cobijas, dinero, pases a cirugía, balones, herramientas, semillas, agua y un largo etcétera.
    Ángel si estaba sorprendido, tomó fotos y videos y planeamos la manera de entregarla. En ese momento me emocioné, antes no, no había pensado en el impacto que este acto tendría en la vida de la futura arquitecta.
    Steve me explicó que esa y otras 9 iguales habían sido donadas por una escuela tecnológica en Oregon, eran usadas en la biblioteca por alumnos que no tenían en esos momentos, un servicio adicional, supuse. La maquina lucía casi nueva, cuidada y con una etiqueta que la identificaba. La guardé, no fuera a ser que no llegara a su destino. Volví a agradecer y me despedí, él se iría a un pueblo cercano y nosotros a Santa Rosalía. Estrechamos la mano y nos tomamos una foto los tres.
    Luego partió cada uno a atender sus pendientes.

EL REGRESO

Misión cumplida, dijimos y salimos al sur. Planeamos desayunar en Mulegé para estar en Loreto antes del Mediodía y llegar con Jorge y Santa como el jibarito, locos de contento con nuestro cargamento de hambre y buenas noticias.
De día, con tiempo, la carretera es más bonita. Pueden verse las tonalidades múltiples de la sierra de la Giganta, las islas de Loreto desde el mirador, los pueblos pesqueros, las cruces a la vera del camino, los mensajes ocultos a simple vista en las montañas. Recrear la mente, la vista y el ánimo.
Loreto nos recibió bien. Logramos lo que planteamos al salir y hasta jugamos con máscaras y vendedores, había sido hasta ahí un buen viaje. Agarramos carretera y sin miedo subimos la cuesta, llegamos a las montañas prehistóricas y salimos del camino frente al “Parguito”.
Pero no estaba doña Santa, Jorge se había quedado a cargo del frijol dulce para las empanadas y nuestros panes esperaban. Llevábamos pollo de la tarde anterior, eso y una salsa picosa convirtió Ángel en nuestra comida: Fajitas de pollo estilo Parguito. Tortillas de harina, una coca y café. Empanada y pan dulce.
Pero el hambre me hace saltarme la parte más importante: La entrega del regalo, el don que en manos adecuadas hará maravillas.
Jorge no creía lo que le dijimos, que un señor en Mulegé mandaba una computadora para su hija. Que era un regalo, y que Steve iría días después a conocerlo y ver de que otra manera podría ayudarlos. Con la herramienta en las manos hizo lo que no pudo cuando el accidente con la mantarraya: Lloró. Lágrimas de alegría asomaron, pero el carácter y la templanza de este pescador del rancho La Pila, no las dejaron rodar. Sólo sus ojos enrojecieron y su voz quebró. Quiso grabar un mensaje para Steve, emocionado y conmovido, y apenas pudo esperar a que Santa regresara de ver a su hija, precisamente, pues le habían llevado de raite un poco de dinero, comida y mensajes de aliento.
Nos regresamos comidos y satisfechos. Contentos como si nosotros hubiéramos pagado por esa computadora. Ya no supimos que pasó, imaginamos sus caras – las de Santa, de Anahí y de su hermana menor.

Queremos creer que ahora su vida será más fácil, menos trabajosa pues como dice el meme del feis:; “Talento hay sólo hay que apoyarlo”.
Los caminos de la vida, cierto, no son lo que yo pensaba. Están llenos de sorpresas, buenas y malas. Pero es un placer recorrerlos y vivir cada una de ellas.
Si quieren apoyar a esta familia, lo menos que pueden hacer es parar en el restaurante y saludarlos, tomar café, una botana, comer ahí. Si quieren, comprar pan o queso, comida para llevar o mejor aún, apoyar los estudios de Anahí con un patrocinio, una beca o un trabajo para ella pues aun con la carrera, la nivelación, la lucha por seguir ahí, se da tiempo para ayudar a otros compañeros.
Marcos DE JESÚS ROLDÁN

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